Catalina Cabrera

Clases gratuitas de defensa personal para la mujer

Premio Mujer Impacta 2018

Publicado Diciembre 15, 2019
Por Mujer Impacta

Catalina Cabrera es asistente social y maestra de artes marciales (karate do), área en la que trabaja voluntariamente en varias ciudades del norte más norte del país, ofreciendo clases gratuitas de defensa personal a mujeres y adultos mayores que han sido víctimas de violencia. Ella imparte los talleres en recintos que le prestan algunas juntas de vecinos o, también, determinados colegios que se involucran en el tema. Sin embargo, cuando no consigue un espacio ad hoc, profesora y alumnos se instalan en la playa, con el mar al frente y teniendo por techo nada menos que el aire puro y el despejado cielo de Arica, donde vive. Desde luego, Catalina entrena también a hombres, pero a ellos les cobra su aprendizaje, porque ha tenido que pasar por inusitadas experiencias para llegar adonde está, dándole duro a un trabajo que ha desarrollado desde hace años en forma anónima: como bien lo expresa ella misma al rebobinar el tiempo, ha tropezado con un montón de piedras,” incluso empujado rocas”  en el logro de su objetivo.

Haciéndose cargo de todo esto, cuenta que como sensei –término japonés para denominar a un maestro– no sólo ha luchado a brazo partido por hacer valer sus capacidades (en una actividad claramente dominada por varones), sino también ha recurrido a instrumentos de variado orden para lograr que la comunidad entienda la importancia de la defensa personal en la prevención de esa violencia- prácticamente instalada- que se ha ejercido por siglos contra la mujer.” Es por eso que cuando la encaran con una pregunta típica: ¿cómo pretendes combatir la violencia con más de lo mismo?, Catalina ya no se queda perpleja y explica con santa paciencia que las artes marciales no se tratan de eso.” Obviamente son un arma – dice-  y justamente en cuanto tal, hay que saber utilizarla”. Y añade que el karate es una disciplina que favorece el desarrollo del ser humano, lo ayuda a empoderarse y a mejorar la autoestima, la seguridad en uno mismo y, así, fortalece la personalidad y el autocontrol, entre muchos otros beneficios psicológicos y sociales.

Pero ciertamente, el camino no ha sido fácil e incluso le ha tocado vivir la discriminación de sus propias congéneres: “Con tristeza recuerdo todavía la vez en que un grupo de ariqueñas prefirió tomar clases con un instructor y no conmigo. Fue muy duro, porque llevaba harto tiempo tratando de demostrarles el tremendo valor que tiene la defensa personal para la mujer… y ellas escogieron a un hombre, simplemente porque era más ‘encachado’ y tenía músculos.”

Catalina sabía exactamente de qué se trataba su experticia y cuán importante había sido para su sanación. Lo había vivido en carne propia: cuando tenía 11 años y fue víctima de una violación que se transformó en tema tabú para su familia, ella no dejó que el hecho la doblegara. ”Como no me sentí apoyada por mis padres, decidí encontrar mi fortaleza y salir adelante por mí misma. No los culpo ni les guardo rencor, porque nadie nos enseña a ser papás…” Y acto seguido explica que el karate la ha ayudado a superar las infinitas dificultades y retos que le ha impuesto la vida, partiendo por la temprana muerte de uno de sus cuatro hijos, las graves enfermedades que debieron enfrentar los otros tres, la tormentosa relación que mantuvo con el padre de ellos y el acoso obsesivo de un pretendiente que, al sentirse rechazado, llegó a su casa para agredirla.” Si no hubiera sabido defenderme, él me habría matado. Pero Dios me tenía una recompensa, ya que después conocí a mi actual marido, con quien llevo cuatro años de matrimonio.”

Y luego agrega, convencida y con su habitual firmeza: “¿La fuerza? La fuerza la saco de mis hijos… Después de todo lo que me tocó vivir, tenía sólo un par de opciones: quedarme ahí, llorando en un rincón… o levantarme, ponerme de pie. Yo TUVE que actuar. Por ellos. Claro que no los crié machistas y por eso me quieren mis dos ‘yernas’. Les digo así, porque no me gusta llamarlas nueras.”

En cuanto a sus alumnas, dice que procura mantenerse cerca de cada una. “Estoy 24/7 para ellas. Si tienen un problema, para allá voy. ¡Si hasta he sacado a mujeres de sus casas cuando les han estado pegando!. Y me han llegado palos, tengo este corte aquí por defender a una señora” –dice, mostrando una herida en su mano, al tiempo que acusa un hecho cierto: “Lamentablemente, cuando una mujer es violentada, también resulta marginada. La familia las deja solas porque no quieren problemas con los maridos. ¡Hasta las madres les cierran la puerta! Eso lo veo diariamente”.

Con esta escuela – y con la buena disposición para aprender- difícil no salir adelante y quedarse empantanada: ”A una le disparó su esposo y ahora lleva cuatro años en los talleres , transformándose en una empresaria de tomo y lomo. También tengo el caso de una mujer que, tras enviudar, sufrió una fuerte violencia de parte de sus hijos: hoy tiene un negocio de banquetería y pastelería…¡y por culpa de ella he engordado como loca!”

¿Qué sería de esas mujeres si se hubieran detenido en la pena? Es la reflexión de Catalina. ”El dolor llega para que aprendamos algo. Para que sepamos hasta dónde podemos dar. Más allá del suelo no hay. Entonces, tienes dos opciones: entierras tu cabeza o sales adelante”.