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Catalina Cabrera

Clases gratuitas de defensa personal para la mujer

Premio Mujer Impacta 2018

Publicado Diciembre 15, 2019
Por Mujer Impacta

Cuando me llamaron para decirme que había sido una de las ganadoras del Premio Mujer Impacta 2018, quería gritar. Estaba en la calle y la gente me miraba, pensaban que estaba loca, porque me reía sola.

Soy asistente social y maestra de artes marciales (karate do), y recibí el reconocimiento por la labor voluntaria que realizo en varias ciudades del extremo norte del país, ofreciendo clases gratuitas de defensa personal a mujeres y adultos mayores que han sido víctimas de violencia. Imparto los talleres en recintos que me prestan algunas juntas de vecinos o colegios. Y si no consigo un espacio, los realizo en la playa, frente al mar. También entreno a hombres, pero a ellos les cobro.

Haber obtenido el Premio Mujer Impacta ha sido muy importante, porque me ha ayudado a revisar mi historia y darme cuenta de todo lo que he hecho y de lo que he tenido que pasar para llegar adonde estoy. Además, ha permitido que en Arica, donde vivo, se dé a conocer el trabajo que desarrollo desde hace años en forma anónima. He tropezado con muchas piedras y hasta rocas para lograrlo.

Como sensei –término japonés para denominar a un maestro– no sólo he tenido que luchar por hacer valer mis capacidades en una actividad dominada por varones, sino también lograr que la comunidad entienda la importancia de la defensa personal en la prevención de la agresión contra la mujer. Muchos me preguntan: ¿cómo pretendes combatir la violencia con más de lo mismo? Y las artes marciales no se tratan de eso. Sí son un arma y, en ese sentido, hay que saber utilizarlas. Sin embargo, el karate es una disciplina que favorece el desarrollo del ser humano, ayuda a empoderarse, mejora la autoestima, la seguridad, fortalece la personalidad y el autocontrol, entre muchos otros beneficios psicológicos y sociales”.

Asimismo, me ha tocado vivir la discriminación de mis propias congéneres. Con tristeza recuerdo la vez que un grupo de ariqueñas prefirió tomar clases con un instructor y no conmigo. Fue muy duro, porque llevaba harto tiempo tratando de visibilizar el valor de la defensa personal para la mujer y eligieron a un hombre, porque era más ‘encachado’ y tenía músculos.

Yo comencé a practicar artes marciales a los 11 años, después de haber sido víctima de una violación. En mi familia esto se transformó en un tema tabú, pero yo no dejé que me doblegara. Como no me sentí apoyada por mis padres, decidí encontrar mi fortaleza y salir adelante por mí misma. No los culpo ni les guardo rencor, porque nadie nos enseña a ser papás.

El karate me ha ayudado a superar tantas dificultades y retos que me ha impuesto la vida: la temprana muerte de uno de mis cuatro hijos, las graves enfermedades que debieron enfrentar los otros tres, la tormentosa relación que tuve con el padre de ellos y el acoso obsesivo de un pretendiente que, al sentirse rechazado, llegó a mi casa para agredirme. Si no hubiera sabido defenderme, él me habría matado.  Pero Dios me tenía una recompensa, ya que después conocí a mi actual marido, con quien llevo cuatro años de matrimonio.

La fuerza la saco de mis hijos. Después de todo lo que me tocó vivir, tenía sólo un par de opciones: quedarme llorando o levantarme. Tuve que actuar. Por ellos. Y no los crie machistas. Por eso me quieren mis dos ‘yernas’. Les digo así, porque no me gusta llamarlas nueras.

Procuro mantenerme cerca de mis alumnas. Estoy 24/7 para ellas. Si tienen un problema, voy para allá. He sacado a mujeres de sus casas cuando les han estado pegando. Me han llegado palos, tengo este corte aquí por defender a una señora –dice mostrando una herida en su mano–. Lamentablemente, cuando una mujer es violentada, también resulta marginada. La familia las deja solas porque no quieren problemas con los maridos. Hasta las madres les cierran la puerta. Eso lo veo diariamente.

Lo bueno es que muchas han logrado salir adelante gracias a lo que les enseño. A una le disparó su esposo. Lleva cuatro años en los talleres y ahora es empresaria. También tengo el caso de una mujer que tras enviudar, sufrió mucha violencia de parte de sus hijos. Hoy tiene un negocio de banquetería y pastelería. Por culpa de ella estoy gorda.

El mensaje que podría entregarles a las mujeres es que no se detengan en la pena –reflexiona–. El dolor llega para que aprendamos algo. Para que sepamos hasta dónde podemos dar. Más allá del suelo no hay. Entonces, tienes dos opciones: entierras tu cabeza o sales adelante.