Paola Gateño

Fundación FEMPO

Premio Mujer Impacta 2019

Publicado Diciembre 15, 2019
Por Mujer Impacta

Cuando Paola tenía 20 años y se preparaba con todo entusiasmo para un futuro esplendoroso estudiando Relaciones Públicas, quedó embarazada sin que siquiera la idea estuviera en sus planes, tal cual son las cosas y como suele suceder. 

Ante la noticia y con plena confianza, tuvo que acudir al apoyo de la mujer que la había cuidado desde chica: su “nanita”, dice hoy, refiriéndose a ella con gran agradecimiento e indudable cariño. Y no es para menos, puesto que sin ella no habría sabido qué hacer ni cómo arreglárselas para terminar su carrera – que en realidad se transformó con el tiempo en su primer título profesional -, lo cual logró gracias a un crédito que recién, hace tres años, logró cancelar en su totalidad. 

Todo esto implicó, naturalmente, seguir trabajando en paralelo, así es que…bienvenida su maravillosa “nanita”, sobre todo que, de ahí en adelante, la vida se le empezó a complicar con situaciones aún más complejas. De hecho, cuando su hija recién nacida cumplió los 15 días, se enfermó gravemente de coqueluche y tuvo que ser hospitalizada durante tres largos meses en cuidados intensivos: el coqueluche, cuyo nombre parece de libro, es una infección al tracto respiratorio que demandó la presencia constante, día y noche, de la joven madre. Y aunque ésta no tenía allí ningún lugar donde dormir, no se separó nunca de su guagua: ”Dormía en una silla a su lado y me aseaba como fuera en el mismo centro asistencial”. Pero llegó el minuto en que al fin la dieron de alta y supo que había sufrido, en el intertanto, dos infartos neuronales. Y al volar con ella a la casa de su “nanita”, Paola se dio cuenta de que su hija estaba rara, que no reaccionaba y llamó inmediatamente al médico, quien la fue a buscar para internarla de nuevo. Y mientras esperaba a la neuróloga  para que le diera su diagnóstico definitivo, se enteró de que el pronóstico era pésimo: la niña quedaría en estado vegetal.

 ”Recuerdo entonces haber acudido al Padre Pío, de quien siempre he sido devota, para pedirle tan sólo que me diera a mí la vida suficiente como para no dejar nunca a mi chiquita sola. En eso, para peor, se cortó la luz en el hospital durante cinco minutos, hasta que empezaron a funcionar los generadores y yo, reloj en mano, veo entrar a la neuróloga cinco minutos después…y  justo en ese momento mi niña abre los ojos y levanta su cabecita. La doctora la examina y me dice simplemente que cómo, que ella está perfecta. Le muestro entonces los análisis neurológicos, donde aparecían los dos infartos anteriores. Y ella ordena, para salir de dudas, que le hagan un tercero. Se lo entregan y… no había nada registrado en éste; tampoco ninguna secuela, nada. Nada. Un milagro”.

¿Cómo no estar agradecida, por Dios? 

¿Cómo no devolver la mano, cuando tu esencia de ser mujer, dadora de vida, ha sido puesta en juego y te salva tu fe… o un brazo tendido? Porque Paola vivió en carne propia la soledad y el desamparo en relación a ser madre sola y temer por tu hija; supo también de la gratuidad del amor y ese tremendo apoyo que recibió de su ”nanita”… Y tuvo, es cierto, esa esperanza que alimenta la vida. Entonces, ¿cómo no …?

Tal vez por eso se fue después a estudiar arte – su pasión- en Europa, donde se interesó en el área paramédica guiada por esa “eterna vocación social” que la hizo abocarse, en España, a la Estética Oncológica. Una disciplina mucho más desarrollada que acá y en la cual pudo fundir ambas vertientes de sus intereses. Esto le permitió, luego de una permanente investigación en el área, dedicarse en Chile a un quehacer profesional insospechado: la micropigmentación de los senos, específicamente indicada para aquellas mujeres que han sido operadas de un cáncer de mamas.

Su trabajo (artístico) se especializa en la reconstitución de la areola del pecho (pezón), que desaparece después de las cirugías; también las cicatrices pueden borrarse aplicando esta técnica. Paola, sin embargo, insiste en que lo fundamental para trabajar con estas pacientes es dibujarles las cejas con maquillaje permanente: son lo primero que se va con esta enfermedad y sin ellas, el rostro queda vacío… y los ojos parecen dos náufragos en un papel, sin nada que lo delimite.

Linda labor, la que ejerce Paola. Porque no consiste meramente en pintar un cuadro, sino en devolverle a cada mujer la imagen que tiene de sí misma. Para eso, claro, hay que conocerlas bien, escucharlas con amor y ayudarlas en esta inseguridad nueva; en sus desmedros, en sus carencias. Y hacerse cargo personalmente de la situación de desamparo que viven por dentro las afectadas, sabiendo que este tiene su raíz en la apariencia física, en esas pérdidas corporales ya sufridas que empiezan a perturbar las relaciones más cercanas ( familia y trabajo y amistades), mucho más allá de lo que uno puede imaginar. 

 Y si a esto se agrega el alto costo económico de las intervenciones quirúrgicas y los sucesivos tratamientos que tantas de ellas han debido soportar (más una serie de preocupaciones añadidas), no queda sino enaltecer la gratuidad del tratamiento que, generosamente, les ha ido ofreciendo Paola desde sus inicios laborales hasta el día de hoy.

Porque ya son más de 2.000 mujeres las que han recibido allí ayuda y contención en las distintas etapas de su cáncer, primero en una clínica estética y luego por la vía de la FEMPO (Fundación de Estética y Micropigmentación Paramédica y Oncológica), donde quedan documentados datos varios, como sus reacciones pigmentarias ante los químicos o las consecuencias de cada tratamiento en la piel, de gran utilidad para cuando llegue la etapa de reconstruir el pezón y cada una pueda recuperar esa parte esencial de su identidad femenina.

Ese núcleo insoslayable del propio ser, fuente de vida, de energía y de belleza. Ese intangible que las mujeres llamamos el alma.