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Hermana Nelly León

A la capellana del penal femenino de San Joaquín no siempre le atrajo la vida religiosa, pero desde joven supo que trabajaría en la cárcel. Hace 10 años creó Mujer Levántate para apoyar la reinserción social de las privadas de libertad. Aquí relata su historia.

“A mucha gente le gustaría que las personas que delinquen estuvieran muertas. Pero no. Nuestro desafío es que se levanten. Estamos llamados a alimentarlas de dignidad, como dijo el Papa Francisco cuando vino a Chile.

Por eso nuestra fundación se llama así. Nos inspiramos en un texto bíblico donde a Jesús le pidieron ir a sanar a una niña. Después le informaron que no era necesario, porque ya había muerto. Pero igual va y asegura que la pequeña no ha fallecido, sino que está dormida, y le dice: “Muchacha, levántate”. Luego pide que le den de comer.

Desde muy joven supe que quería trabajar en la cárcel. Nací y crecí en Peralillo, soy la menor de ocho hermanos y la única que pudo terminar la enseñanza media. Éramos una familia pobre económicamente, pero rica en valores. Cuando estaba en tercero medio, año en que mi mamá murió, del colegio nos llevaron a conocer el penal de Santa Cruz. Quedé impactada. Sentí que tenía que hacer algo por los presos y mi primera intuición fue pensar en ser gendarme.

Después me vine a Santiago e ingresé a la carrera de pedagogía. Un día, haciendo la práctica en un colegio, una niñita salió al baño y no volvió. Fui a buscarla y vi que un tipo estaba abusando sexualmente de ella. Lo denuncié, pero no pasó nada. El tema me quedó dando vueltas mucho tiempo y un amigo sacerdote me dijo que el Señor estaba llamándome a la vida religiosa, pero yo jamás había pensado en ser monja: quería casarme y tener hijos. Estaba pololeando y seguí con mi vida, hasta que conocí a una novicia de la congregación del Buen Pastor. Así supe de Santa María Eufrasia, la fundadora, que trabajaba con las mujeres más pobres entre las pobres. Compraba esclavas, las formaba, las liberaba, acogía a las que delinquían… Sentí que ahí estaba mi vocación.

Entré a la congregación a los 23 años y al novio le dije chao. En ese tiempo, la comunidad de las hermanas estaba en un recinto que ahora ocupa la Dirección de Gendarmería, al lado de la cárcel. Todos los días me escapaba unas horas para ir a conversar con las internas y les escribía las cartas que enviaban a sus familias.

Después hice mis primeros votos y comenzaron a mandarme a distintas ciudades de Chile. Estuve seis años en el penal de Valparaíso hasta que en el 2005 fui trasladada a Santiago para trabajar en la pastoral del Centro Penitenciario Femenino de San Joaquín, donde el 51% de las condenadas está por microtráfico. Las internas no tenían sus necesidades básicas satisfechas, dormían en el suelo, en colchonetas o en literas de a cuatro… Yo llegaba para anunciar la buena noticia de Jesús, pero pensé que ahí no podía estar Dios…

Me dediqué a recorrer los patios y empecé a ver que muchas salían y volvían. Así me fui enterando de sus historias y supe que la mayoría lo pierde todo al caer a la cárcel. Al salir en libertad no tienen nada o vuelven al mismo lugar donde robaban o traficaban. Entonces pensé en una casa de acogida para ofrecerles una alternativa distinta.

Con el apoyo del padre Alfonso Baeza, abrimos el hogar de Mujer Levántate a fines del 2008. Para mí fue un milagro, porque todo se dio en muy poco tiempo. Desde entonces, hemos trabajado harto por la inclusión social de las privadas de libertad y sus familias. No todas acceden a la casa de acogida: sólo las que no tienen dónde ir al dejar la cárcel.

El programa se les ofrece a las que están a seis meses o a un año de su salida y las acompañamos hasta que logran insertarse en la sociedad. Realizan diversos talleres, principalmente de apoyo psicológico, porque pueden embrutecerse trabajando y ganando plata para mandarles a sus hijos afuera, pero si no hay un cambio interno profundo, van a salir y pueden volver a caer.

El 90% de estas mujeres tiene una historia que las lleva a cometer delito y para rearmar su vida, deben sanar esa herida. La frase ‘En Chile se encarcela la pobreza’, que dije frente al Papa Francisco cuando vino al país, no la tenía escrita en mi discurso, fue pura inspiración divina, porque la mayoría de ellas nace, crece y habita en un mundo de carencias.

Actualmente, vivo en San Felipe y viajo a Santiago cada mañana. Paso las jornadas completas en la cárcel, tratando de ayudar a las chiquillas. Soy una convencida de que una vida sí se puede cambiar, creo con pasión en lo que hago y estoy segura de que cuando Dios quiere algo, las cosas resultan, porque es una obra de Él y no nuestra”.

La hermana Nelly podría no haber hecho nada… Pero lo hizo. Conoce más historias de mujeres que están cambiando el mundo AQUÍ.

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