El 16.7% de la población en Chile vive en situación de discapacidad.

Dentro del grupo más pobre de la población hay un 7,5% de niños en esa situación.

Popa podría no haber hecho nada.

Pero lo hizo…

Y ésta es su historia.

“Hace unos años decidí que iba a poner una Casa de Acogida para poder recibir a niños vulnerables con discapacidades porque se quedan en su casa sin posibilidad de tratamiento. Muchos de ellos también están postrados al no tener espacio para trasladarse con la silla de ruedas”.

“Llegué a Cerro Navia desde Sagrada Familia como una Carmelita que llega con su canasto. Me vine con mis dos hijos y mi marido, pero era muy joven. Aquí nacieron mis otros tres niños y entre ellos Camila, que venía con una enfermedad llamada osteogénesis imperfecta, más conocida como huesos de cristal”.

 

“Aquí también fue donde conocí a una persona que me cambió la vida para siempre: el padre Mariano Puga. Él me ayudó a conocer de manera más profunda el amor que Dios tiene por todos nosotros. También me introdujo a una comunidad que nos dio la opción como familia de irnos a vivir a Francia para apoyar el tratamiento de Camila”.

“Partí yo sola con mi hija. Y pasaban los meses y mi marido no compraba los pasajes para viajar con el resto de nuestra familia. Lo llamé y me dijo que sentía que no quería irse, porque no podía dejar su entorno. Estaba pasándolo mal y lo entendí. Compré pasajes de regreso y ese mismo día en la tarde él me comentó que estaba listo para partir a Francia”.

“Una vez que llegamos acá fui a La Legua a trabajar como voluntaria en una Casa de Acogida de niños con discapacidad. Allí aprendí un montón y la experiencia me hizo pensar durante mucho tiempo el porqué no podíamos tener algo parecido en la comuna de Cerro Navia”.

“Partí a la municipalidad y molesté hasta que me ofrecieron cinco terrenos y elegí el más pobre y sucio porque estaba segura de que ahí iban a estar los jóvenes con mayor necesidad. Lo más difícil fue conseguir el financiamiento, pero siento que todo de alguna manera llega y que Dios nos va a ayudar”.

 

“Yo soy muy exigente con los trabajadores de acá. Les digo que me tienen que tener todo limpio. ¿Por qué no podemos tener un lugar igual de impecable como una clínica estando en Cerro Navia? Me preocupo de que todo lo que le damos a nuestros jóvenes sea de calidad”.

“En Sagrada Familia, que es la ciudad donde vivía antes, se enteraron de este centro en Santiago y me venían a dejar niños. Pero yo sentía que eso no estaba bien porque tenían que viajar demasiado tiempo para llegar, así que con mucha ayuda abrimos una casa allá. Estoy viajando constantemente a verla”.

“El financiamiento siempre de alguna manera llega. Tengo fe en que no nos va a faltar, pero muchas veces terminamos sin nada a fin de mes y ahí es cuando hay que ir a pedir ayuda a amigos increíbles que yo tengo. Ellos conocen la Fundación y por eso confían en el trabajo que hacemos. Mi compromiso es que lo que me prestan, después se lo devuelvo”.

“Soy un persona que ha vivido en una mediagua, pero no me achico para hablar de este proyecto. También (y es algo que siempre le inculco a los niños) es importante estar siempre limpio e impecable. Yo no me compro ropa hace mucho tiempo porque todo lo que uso me lo regalan, pero lo que tengo, lo cuido mucho”.

“Con este trabajo no sólo les damos un tratamiento a los chicos, sino que también es una ayuda para sus familias. Todavía hay niños en sus casas, los que para la sociedad no tienen derechos. Eso es lo que más me impacta, porque deberían ser tratados como uno más”.