Andrea Hernández

Fundación Las Parcelas

Premio Mujer Impacta 2014

Publicado Diciembre 14, 2019
Por Mujer Impacta

Fundación Las Parcelas

Rodeada de pobreza desde el momento de su nacimiento, Andrea Hernández prefiere no recordar aquellos hitos que marcaron su infancia, parecida probablemente a la de tantas familias que viven – todavía- en este país dando botes entre la necesidad, la ignorancia y la desprotección. Sin esperanzas, claro. Pero también sin derechos. Ni siquiera el derecho a apreciar la belleza de la vida: los cantos alegres de voces afines, los primeros libros que llenan de colorido el alma infantil, el goce simple de los juegos compartidos, la amistad temprana o esos gestos mínimos con que se expresa el amor, incluso en los ambientes oscuros donde prima el polvo, la desolación y, fatalmente, esa soledad interior de la que pocos niños se salvan en este mundo. “Me convertí en una persona retraída, encerrada en mí misma y sumergida en un círculo vicioso de tristeza y carencias”, dice hoy Andrea, dando cuenta enseguida de un hecho extremo que la hizo tocar fondo, estando ya casada: la larga enfermedad de su marido, que ella vivió intensamente a su lado.

“Ese fue el punto de quiebre para dejar de centrarme en mi propio dolor y darme cuenta de que mi entorno me necesitaba. Mi marido se fue recuperando y poco a poco comencé a mirar a mi alrededor de otra forma”, explica ella, con los ojos de entonces, bien abiertos y, desde luego, en otra disposición de ánimo.

¿Qué fue aquello que empezó a atraer su atención y la hizo despertar de ese largo sopor?

Los niños. Todos y cada uno de los niños que la rodeaban. Los que andaban por ahí; los que estaban más cerca, los que vagaban por allá. Los miró… y los vio. Y empezó a observarlos con detenimiento. Sus voces, sus ademanes, sus conductas. Sus ojos. Algo había en ellos… Hasta que se dio cuenta de que, en ese lugar- y no sólo los más grandes, sino también los pequeños- los niños se dedicaban, así no más, a aspirar droga casi diariamente para pasar la tarde y superar su desgracia y olvidar sus desventuras. Fue entonces cuando Andrea se dijo –o más bien se preguntó: “¿Por qué no ayudarlos a tener una mejor infancia y evitarles el dolor que yo misma he sufrido?”.

Así empezó todo, esta tremenda labor a la que ha dedicado más de veinte años sin respiro. Porque en vez de quedarse en el cuestionamiento, aclara, “me fui directo a la acción”. Y el año 1996, con sus tres hijas aún pequeñas, abrió de par en par las puertas de su casa para recibir a los “cabros” de la comuna después de que salieran del colegio. 

La idea era ofrecerles un lugar de descanso, un espacio de contención, donde pudieran no sólo comer los alimentos que ella les preparaba, sino recibir todo el consuelo posible de su parte por los maltratos que muchos sufrían. Algunos llegaban tan cansados que se quedaban dormidos al instante, otros necesitaban un cambio de ropa y otros sólo estaban urgidos de cariño. 


Al principio, dice, ella tenía un negocio con el que mantenía el comedor. Pero como los niños iban aumentando día a día, ya no le alcanzaban las energías… ni tampoco el tiempo para organizar las actividades de la tarde, “así es que comencé a vender mis cosas”… Naturalmente, eso provocó una fuerte crisis matrimonial que luego se fue resolviendo. Y hoy, además de tener un lugar donde acogerlos, ella se preocupa personalmente de que estudien y tengan sus uniformes limpiecitos; de que coman bien, de que se preparen y, lo más lindo: ¡que tengan aspiraciones!”. Así, por ejemplo, dice sentirse orgullosa “de que Sandro Corona, uno de los campeones de salto largo de nuestro país, haya sido parte de mis niños”.

Reconocida por la Fundación Mujer Impacta en el año 2014, Andrea Hernández no olvidará este honor. No sólo por el premio en sí, confiesa, sino porque “al fin alguien se preocupaba de mirar mi trabajo y valorar mi esfuerzo. Ahí me di cuenta de la labor que estaba llevando a cabo. Además, se me abrieron cantidad de puertas y eso marcó un antes y un después para mi labor. Hay gente que todavía me ayuda, a la que tuve acceso después de ganarme el premio: éste me dio visibilidad en los medios y por eso pudimos seguir adelante”.

Lo cierto es que Andrea tiene una energía tremenda. Y si su máxima felicidad  ha sido llegar derechito al corazón de los niños y adolescentes, su trabajo con las madres abandonadas se fundamenta en el cariño y la comprensión que éstas reciben de su parte. Es allí donde cada una encuentra las fuerzas para emerger de su situación de desamparo y hacer andar ese motor vital que las logra llevar a perseguir sus sueños, sus ideales, para transformarse en un aporte real y concreto a la sociedad.

“Intento que mi casa y mi fundación- que ahora tiene su propia sede-, sean un  oasis en medio del desierto”, dice, inspirada siempre en función de un solo objetivo:  que desaparezcan algún día esa violencia y el atroz desamparo que continúa campeando en las calles de su sector.