Pamela Prett

Corporación Ciudad Accesible

Premio Mujer Impacta 2016

Publicado Diciembre 15, 2019
Por Mujer Impacta

Cada paso cuesta, pero eso la gente no lo sabe. Esto, sólo lo sabemos al vernos enfrentados a situaciones que nos producen rabia y dolor. 

Es cosa de preguntarle a Pamela Prett, quien muchas veces tuvo que tragarse la impotencia de constatar que su familia no podía entrar a un restaurante ni ver alguna película en el cine. ¿Por qué? Simplemente, porque no había allí una rampa para que dos de sus hijos, que utilizan sillas de ruedas, tuvieran acceso como toda la gente a este tipo de lugares. Lo bueno es que ya sus hermanos habían aprendido a ser solidarios y preferían no exponerse una y otra vez a la misma experiencia, de modo que la familia completa terminaba haciendo siempre un panorama más entretenido: “Yo creo que fue una buena educación para ellos”, comenta su madre, agregando que hasta el día de hoy se ayudan entre todos y colaboran: ”En verdad, somos un equipo”.

 Llegó el momento, sin embargo, en el que Pamela vio en la denuncia una forma de empoderarse frente al tema: “No quería quedarme de brazos cruzados. Pero luego me fui dando cuenta de que había mucha ignorancia al respecto y sentí que era necesario proponer soluciones. Y sin ningún conocimiento previo, comencé a estudiar las normativas y leyes sobre discapacidad y en 1999 creé la Corporación Ciudad Accesible. Partí con las denuncias porque necesitaba desahogarme, pero muy luego comprendí que la frustración y la rabia pueden canalizarse por otras vías e, incluso, convertirse en algo útil para la sociedad en que vivimos”.

Y fue entonces cuando una persona le hizo ver que hacer denuncias y mandar cartas a los medios no pesaba lo mismo que tener una institución detrás o un título que la respaldara. Pamela tomó nota y, en vista de que no sabía nada de arquitectura, se fue formando por su cuenta en esa área específica, según lo que iba estudiando día a día y esperando encontrar una solución técnica a su problema. Cuando esto se supo, empezaron a llegarle correos de arquitectos preguntando cómo se hacían las rampas. Ahí se dio cuenta de que el diseño accesible era desconocido en cuanto tal y que no se enseña en las universidades tradicionales, según ella hasta el día de hoy: ”Están apareciendo los primeros diplomados en lo que hasta ahora constituye un desafío pendiente”.

¿La verdad? Pamela dice que nunca había conocido la discapacidad de cerca; tampoco antes de casarse. De familia alemana y amante de la cocina, creció en el sur de Chile, en la tranquilidad de pueblos como Pullinque, Pilmaiquén y Cipreses. A los nueve años volvió a Santiago, pero declara que nunca perdió su apego por la naturaleza y que eso la llevó a formar con su marido una familia en Buin.

“Cuando tuve a mi segunda hija, Andrea, no sospechábamos que había nacido con una atrofia muscular espinal hasta que notamos sus dificultades para aprender a caminar. Ahí empezó el eterno circuito de médico en médico,  escuchando miles de opiniones distintas: era una época en que no existía un examen determinante. Entonces me fui a Alemania para realizarle a mi hija una biopsia. ¿Resultado? Sin saberlo, mi marido y yo éramos portadores de un gen que incrementaba las posibilidades de que nuestros niños nacieran con esa condición. Por eso, cuando esperaba a mi último hijo, yo supe que tendría lo mismo y de alguna forma ya estaba preparada. Me lo decía mi instinto materno.”

¿Cómo actuar frente a un diagnóstico esperado? 

“El secreto está, realmente, en no sentir lástima por su condición. Y enseñarles a tener muy claro que nadie les iba a facilitar las cosas, al contrario: si deseaban lograr algo en la vida, seguramente les iba a costar el triple, pero el valor estaba en el intento. En cuanto a mí, lo más importante era verlos felices por el solo hecho de haberse atrevido a emprenderlo”. 

Así fue como la  familia decidió aceptar con humor que la cosa era como era y que ellos funcionaban así, “en ocho ruedas y algunos pares de piernas”.  Les tocó pesado, sí, pero también tuvieron más oportunidades que otros niños y evidentemente las supieron aprovechar.

En 1999 se creó la Corporación y, al poco andar, se sumó a ésta un grupo de arquitectas ( voluntarias) que, de una u otra forma, estaban relacionadas con la discapacidad. Al cabo de un profundo estudio, evacuaron el primer manual de accesibilidad a los recintos, manuales que fueron repartidos en cada municipio y, también, en la Universidad de Chile. El equipo resultó clave por el aporte de sus conocimientos específicos al área y genera hasta hoy el material necesario para diversas instituciones, sean éstas públicas o privadas.  Por cierto, la corporación ofrece charlas y talleres sobre discapacidad, elaboran diagnósticos para determinados proyectos arquitectónicos e incluso  realiza asesorías en temas de accesibilidad. Sin ir más lejos, la que encargaron los organizadores del Festival Lollapalooza en Chile: “Para nosotros fue muy interesante, sobre todo porque logramos incorporar elementos indispensables en los escenarios, como son los intérpretes de señas“. De allí surgió nada menos que la normativa específica que hoy rige en los estacionamientos y se mejoró la señalización existente para favorecer el uso de los discapacitados. Entre éstas, la idea de pintar color azul los espacios habilitados para ellos, promoviendo de paso al ciudadano común como ente fiscalizador que denuncie los incumplimientos legales a las autoridades del caso. 

Tremenda labor la realizada por Pamela, esta tremenda mujer. Una madre que no pudo quedarse tranquila frente al desafío temprano de las sillas de ruedas. Algún día, no obstante, ella dejará el mando de la organización para que los más jóvenes continúen lo que su fundadora, visionaria, empezó y logró. Cuando eso ocurra, confiesa ahora, “me gustaría dedicarme a mi huerto… y perfeccionar el libro de cocina que planeo dejarles como recuerdo a mis nietos”.