Paulina Soto

Me pongo en tu lugar

Premio Mujer Impacta 2018

Publicado Diciembre 15, 2019
Por Mujer Impacta

Los días viernes, Paulina Soto tiene permiso de sus jefes para salir más temprano de su trabajo como secretaria en una oficina, feliz y llena de una renovada energía: hoy le toca otra vez elaborar el menú del día para toda esa gente que espera con ansias su vianda porque, de otro modo, apenas sí comerían algo… y esto, en el caso de que alguien se acuerde de sus precarias existencias. Si no fuera por Paulina…

Lo que no saben ellos es que su propia benefactora se considera a sí misma, en virtud precisamente de su posibilidad de ayudar a la subsistencia ajena, la mayor beneficiada con este emprendimiento. Y por eso cuenta sin pudor alguno que su mayor remuneración es salir todos los viernes “a este carrete” que le permite llegar a su casa “con la satisfacción de haber ayudado a quienes más lo necesitan” y entregarse de lleno a su propia familia. 

Cuando partió con este asunto, Paulina salía en realidad una vez al mes a entregar platos de comida a esas personas que duermen en la calle en su propia comuna: Quilicura. Ahora, sin embargo, lo hace todos los viernes, desde que decidió cambiar su rutina a raíz de una sola pregunta: “Tía, ¿por qué no vino?

La historia, para ser exactos, ocurrió así: “Un fin de semana largo no fui a la calle, porque quise irme a la playa con mi familia. Y cuando volví a repartir, uno de los beneficiarios – que ya me conocía- me dijo, como en broma: Tía, ¿por qué no vino? Esas palabras me llegaron a lo más profundo y ahí me di cuenta de que, si bien ellos no me piden, sí esperan que llegue con algo en la mano: saben que el viernes en la noche van a comer rico y ya tienen considerado en su garganta que tomarán un café calientito… 

  …y en verano, un vaso helado de rico jugo”.

Lo lindo es, también, que la gente que colabora con esta causa vaya con ella a repartir comida: así se dan cuenta de la realidad y pueden ver qué se hace con el kilo de arroz o con los cinco mil pesos que donan. A todos los invita a que vengan a cocinar, a emplatar, a salir, aunque a muchos les da susto ir de noche. Pero se hace así por un problema de tiempo, ya que todos los que participan en esto tienen sus propios trabajos.

“Durante la semana reúno los ingredientes y los viernes cocinamos en mi casa y entregamos. Hemos salvado a varias personas de morir de hipotermia, sólo porque pudimos darles algo caliente o llevarlos a un albergue. Pero como son muchas las personas en situación de calle en Chile, yo quiero llegar más allá y por eso me organicé para organizar una sucursal en Cauquenes, lugar donde nací y crecí. Quiero contagiar de toda esta locura a mucha gente”.

Lo cierto es que Paulina fue siempre “bien rebelde”: a los 14 años, con uniforme de colegio, se vino a Santiago haciendo dedo tras una pelea fuerte con su mamá. Así pues, llegó a la casa de una tía y su primer empleo fue de nana puertas adentro. De esa forma terminó la enseñanza media en jornada nocturna y a los 20 tuvo a su primera hija. Fue mamá soltera, hasta que conoció a su actual marido y decidió estudiar enfermería para ayudar a otros. Y a pesar de que no pudo concluir su carrera debido a su segundo embarazo, el deseo de ayudar a otros seguía latente. De seguro, gracias a la firmeza de su carácter y a su gran perseverancia, puesto que jamás hizo un curso ni nada para cumplir su objetivo: todo el resto lo fue aprendiendo en el camino, aunque reconoce que sin su familia nada podría haber sido posible. 

“Ellos me apañan en todo. ¡No debe ser fácil tener una mamá que atiende a la gente de la calle y que quiere traerlos a la casa. Los niños me ayudan a hacer las colaciones y entre todos colaboramos para que esto pueda lograrse. Además, me saqué la lotería en el matrimonio: mi marido es un ángel. Al punto de que, cuando no logramos la meta de reunir la cantidad y variedad requerida de alimentos, yo abro mi despensa y completo con ella lo que necesito. Si me faltan 5 kilos de arroz, ahí están disponibles para la Fundación, sin ningún cómo, ni cuándo, ni cuánto, ni por qué: nadie me pregunta nada.”

Harta gracia, sin duda, y más aún si se piensa en la configuración del menú de cada viernes, que no sólo debe cumplir con ciertos requisitos, sino  responder a un par de preguntas, a saber:

  1. Comida rica en vitaminas, nutritiva, variada y sabrosa
  2. ¿Qué me gustaría que me llevaran?
  3. ¿Una hamburguesa de 100 pesos o una rica comida casera?
  4. ¿Hace frío, mucho frío (o) hace calor, mucho calor? ¿Llueve?
  5. ¿ QUÉ comerías TÚ? 

Entonces Paulina decide llevarles lo mejor que pueda y lo más apropiado. Ante lo cual, sin queja alguna, se ponen todos manos a la obra.