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Sandra Ponce

Recuperación de Espacios Públicos

Premio Mujer Impacta 2013

Publicado Diciembre 15, 2019
Por Mujer Impacta

Recuperación de espacios públicos

La trayectoria vital de Sandra Ponce nunca había corrido, como algunas otras, por un riel definido, hasta que llegó a ella un hombre que de verdad la amó y fue su marido. Pero justo cuando creía que – ¡al fin!- la vida empezaba a sonreírle, éste falleció abruptamente y el mundo entero se le cayó otra vez encima. 

Sola con sus dos hijos, Sandra se sumergió en el pozo profundo de la pena: hacia adelante no veía nada, salvo la oscuridad y un tremendo vacío. “Fue una marcha atrás muy violenta”, dice ella; el camino se le aparecía lleno de piedras y pensando en sus anteriores tropiezos, no veía sino la negrura del desierto. .


De hecho, habiendo cumplido recién los 16 años, quedó esperando guagua y la expulsaron del colegio. Sin embargo, quería terminar como fuese sus estudios, sabiendo que sin licencia secundaria no existía futuro para una joven como ella. Y más adelante, ahora con dos niños que quedaban a cargo de su abuela, decidió  matricularse en un curso nocturno, estudiando en la micro, a veces de pie, o de noche en la casa mientras los demás dormían. Pero sucedió que, embarazada ya del tercero de sus hijos, su pareja se fue a trabajar fuera del país. Al principio le mandaba ayuda, pero con el tiempo… nunca volvió. A pesar de esto, Sandra terminó el 4o medio y después, a los 23 años, siguió un curso de corte y confección, lo que la incentivó a instalar su propio taller de costura. Ahora no sólo empezaba a irle bien sino, además, se enamoró de nuevo y estaba feliz… hasta que se murió su marido. 

El quiebre fue tan fuerte que durante mucho tiempo no salió de su casa. “Estaba muy triste y no tenía ánimo ni siquiera para ir a trabajar”. Y así, presa de un letargo atroz, un día abrió los ojos, se asomó a la ventana y se fijó en su entorno. ”Era todo tan feo, tan sucio y deprimente, que decidí tomar la escoba y salir a barrer. Limpiar la calle puede haber sido una forma de deshacerme de todo lo que yo llevaba  adentro”. En pocos días, llenó ocho sacos de tierra de la esquina, trabajo que realizaba, para ser exactos, de noche, lo cual implicaba un total silencio. Claro, le daba vergüenza que la vieran en eso, pero gracias a su labor se fue eliminando la basura pegada por años. 

“Un día, una vecina quiso salir a barrer conmigo y así se fue sumando de a poco mucha gente, incluso los que daban por perdida la batalla. Entonces compré pintura y me puse a borrar todas esas marcas territoriales de los grafiteros y barristas.” Lo increíble para ella fue que nadie volvió a ensuciar, a pesar de que nunca hubo antes una intervención como esa de parte de los vecinos: nunca estos se habían “tomado” su pasaje: “Sacamos todos los zapatos colgados de los cables y pasó algo muy bonito: los mismos muchachos que los habían lanzado hacia arriba, nos ayudaron a bajarlos. Incluso aquellos chicos con problemas de drogas o alcohol nos apoyaron con gran entusiasmo”.


Los vecinos empezaron, entonces, a encontrarse y conocerse, de modo que, juntos, transformaron lo que era un peligroso y oscuro microbasural en una pasarela llena de colores. Debajo de ésta construyeron entre todos una plazoleta donde hoy se festeja a los niños en Navidad y donde, además, se bañan con gran jolgorio en las  piscinas y diversos juegos infantiles que los vecinos fueron trayendo. En el mismo lugar se celebran también algunas fiestas religiosas, como el Mes de María, Cuasimodo y otros rituales, incluyendo una Noche de Difuntos para felicidad de los más chicos. “Conocer a mis vecinos y trabajar por un bien común, a mí me cambió la vida. En poco tiempo, yo ya no era la misma”.

Tampoco su familia ni menos aún el barrio. “Empezamos en cada casa a ser más felices y muy contentos de vivir acá: todo está tan lindo, tan limpio, que en realidad  vivimos en pleno estado de armonía”.

 Y es que, en palabras de la propia Sandra:

“La pala y la escoba me devolvieron las ganas de vivir. Me limpiaron el dolor de la pérdida y, por si fuera poco, se convirtieron en un símbolo de unión entre mis vecinos”.