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Sandra Ponce

Recuperación de Espacios Públicos

Premio Mujer Impacta 2013

Publicado Diciembre 15, 2019
Por superadmin

La pala y la escoba me devolvieron las ganas de vivir, me limpiaron el dolor de la pérdida y por si fuera poco se convirtieron en un símbolo de unión entre mis vecinos. Ya no había tanta oscuridad como en 2011, cuando mi marido murió justo cuando creía que la vida por fin me sonreía, porque fácil no me ha tocado.

A los 16 años me expulsaron del colegio porque quedé embarazada, así que apenas pude, ya con dos hijos y a cargo de mi abuela, me matriculé en un curso nocturno. Estudiaba en la micro, a veces de pie y de noche, cuando todos se acostaban. Cuando quedé esperando mi tercer hijo, mi pareja se fue a trabajar fuera del país. Al principio me mandaba ayuda, pero con el tiempo nunca volvió. Con casi cuatro meses de embarazo logré terminar el Cuarto Medio. Luego a los 23 años hice un curso de corte y confección y logré poner un taller. La vida, por fin, iba bien y hasta me enamoré de nuevo, pero al poco tiempo mi pareja murió y el quiebre fue tan fuerte que por un buen tiempo no salí de mi casa. 

Estaba muy triste, hubo días en los que ni siquiera tenía ánimo para ir a trabajar y no iba. Así que, en medio de ese letargo, un día me fijé en mi entorno. Era feo, sucio y deprimente, así que decidí salir a limpiar. Creo que fue la forma de limpiar todo eso que llevaba yo adentro.

Ahí comenzó el cambio, mi cambio. Saqué 8 sacos de tierra de la esquina. Como me daba vergüenza, lo hacía de noche. En silencio. También saqué la basura pegada de años. Un día una vecina, me pidió que le avisara para salir a barrer conmigo. Así se fue sumando mucha gente, incluso, los que daban por perdida la batalla. Luego compré pintura y borré todas las marcas territoriales de los grafiteros y barristas. Nadie lo volvió a ensuciar. Nunca hubo antes una intervención así de los vecinos, nunca nos habíamos tomado nuestro pasaje.

Sacamos todos los zapatos colgados de los cables, y pasó algo muy bonito: los mismos muchachos que los habían lanzado nos ayudaron. Incluso los chicos con problemas de drogas o alcohol nos apoyaron.

Los vecinos comenzamos a encontrarnos, y juntos transformamos una pasarela que era un microbasural peligroso y oscuro en una pasarela llena de colores. Abajo construimos una plazoleta que se comenzó a ocupar para onces infantiles de Navidad, para poner piscinas de los vecinos en verano, celebraciones religiosas, fiestas de Cuasimodo y hasta una fiesta de difuntos.

Conocer a mis vecinos y trabajar en conjunto por un bien común, me cambió la vida. En poco tiempo ya yo no era la misma y mi familia tampoco… empezamos todos a ser más felices. Aunque al principio hubo resistencia y muchos malos comentarios, todo fue mejorando y al ganar el premio Mujer Impacta en 2013 me hizo sentir importante porque fue como terminar de entender que habíamos logrado algo importante con el trabajo comunitario.