Elizabeth Guzmán

Directora Escuela Rural Pullinque

Premio Mujer Impacta 2016

Publicado Diciembre 15, 2019
Por Mujer Impacta

ESCUELA RURAL PULLINQUE

“Yo soy una sobreviviente, no encuentro otra palabra mejor para definirme”.

Cuando alguien te dice esto hoy día, con la mirada firme de Elizabeth y ese gesto tranquilo que no corresponde a un náufrago, tú la miras dos veces y concluyes: “ella tiene sus razones y sabrá bien a qué se refiere”. Pero tú no dejas de pensar en el tema… y ahí se te viene, con todo, la Vida.  

Elizabeth nació, al parecer, en una leñera y claramente allí pasó sus primeros 15 días de recién llegada en este mundo. Sobrevivió casi por milagro, entre grandes pilas de madera cortada y seguramente húmeda, sin ningún tipo de cuidados de nadie, hasta que una familia con siete hijos decidió adoptarla. De ellos fue recibiendo todo el cariño, el esmero y la protección que podían darle en su nido, pasando a ser, en su biografía íntima, lo que ella considera sus “seres queridos”: criada y regaloneada desde un principio como una hija más de los Manosalva Huenimán, ellos no sólo salvaron su vida, sino hicieron de la niña, con el tiempo, una mujer con convicciones firmes, risueña de carácter y llena de amor. 

Cuando tuvo la edad suficiente para entender y razonar, su mamá Huenimán le contó a Elizabeth que ella era su hija adoptiva, a quien quería igual que a los demás hermanos. Y junto con los valores que le fue, como a los demás, inculcando, destacó el perdón como un principio básico de toda su existencia: ella tenía que perdonar a su madre biológica. “Me decía que no debía sentir rencor, porque haya sido como fuese, ella me había dado el regalo de la vida.”

Y agrega: ”Mi madre era una mujer muy sabia y gracias a ella hoy día yo puedo contar esta historia, que callé durante algún tiempo para no andar inspirando lástima. Pero fue gracias a sus maravillosos consejos que he aprendido a ser resiliente, he logrado hacer mi vida y hoy puedo declararme una persona feliz.” Con el paso de los años, Elizabeth comenzó a sentir una vocación inquebrantable por ejercer la docencia, gracias al ejemplo que vio en su hermana Hilia, quien se dedicó con amor y entrega total a sus alumnos. Y paralelamente, a medida que fue abriendo las páginas de los libros, descubrió esa pasión especial que genera la lectura… quizás porque desde niña había sido ”muy enfermiza”.

Lo cierto es que nunca supo a qué se debían sus constantes dolencias, hasta que en 2005 le diagnosticaron lupus, una enfermedad autoinmune que produce malestar y fatiga constantes. Por esa época, ella trabajaba como asistente de párvulos en una escuela de Coñaripe y estudiaba los sábados en Temuco. “A pesar de mi condición, tuve tres hijos con el hombre de mi vida, Rigoberto, a quien conocí gracias a la familia que me adoptó. De hecho, era mi primo y aunque me enamoré de sus ojos tristes, ahora tiene una sonrisa que le brilla en la cara todos los días. Siempre pienso que tal vez Dios me puso en esta familia para que yo me encontrara con él.”

Después que Elizabeth tuvo a sus hijos, entró a estudiar en la universidad, acarreándolos consigo los sábados a sus clases. Y si bien fue un período sacrificado en el cual ellos pueden haber perdido parte de su infancia, nunca la regañaron ni se quejaron por eso. Más aún, los profesores los consideraban parte de su curso. Gracias a esto logró cumplir su sueño de titularse como Profesora de Educación Básica y ejercer con niños, de quienes recibe esas lindas cartas que sólo ellos saben mandar y que por cierto están hasta ahora a buen recaudo en su casa: ”Ya listos para ser universitarios, me abrazan cuando los veo y yo siento su cariño”.
  

Ella fue directora de la Escuela Rural Pullinque, con 120 alumnos que cursan hasta VIII básico y con los cuales trabajó intensamente la interculturalidad. Porque los estudiantes, en su mayoría de ascendencia mapuche, necesitaban apreciar sus raíces y tradiciones a través de la recuperación, conservación y valoración de aquellos  conocimientos que forman parte del legado originario. ”Muchos niños se avergonzaban de su cultura; ni siquiera les gustaba nombrar su apellido: hemos estado trabajando firmes en eso. Y también en desarrollar su interés y amor por la lectura, articulando los distintos ramos entre sí y considerando siempre que cada escuela es distinta: los niños pertenecen a contextos diferentes y tienen una identidad cultural propia. Así fuimos logrando vincular de a poco a las familias, con el fin de alcanzar los niveles educacionales esperados para ser, a la larga, un aporte a un país que valorice, en igualdad de condiciones, sus raíces.”

El modelo es totalmente replicable. Porque si se ha podido conseguir este objetivo en una escuela tan pequeña, lo mismo se puede hacer en una más grande… siempre y cuando se realice el trabajo de reconocer, minuciosa y eficazmente, las vertientes culturales que aportan con lo propio, al crecimiento humano de cada uno de los habitantes que constituyen este país.