Maite Zubía

Fundación Expreso

Premio Mujer Impacta 2017

Publicado Diciembre 15, 2019
Por Mujer Impacta

Hace un tiempo atrás, cuando Maite Zubía se dedicaba a sus tres hijos y tenía una Pyme de chocolates, le llegó una carta del sacerdote que la había casado y que bautizó a sus niños. En ella, el Padre Pablo Walker contaba, en unos de sus párrafos, lo siguiente:

“El tiempo corre distinto en la calle. Lo aprendí hace unos días en Concepción con unos voluntarios en la ruta nocturna. Me contaban que entre un invierno y otro la misma mujer ya no tiene dientes, el mismo hombre ya no camina, el mismo joven ya es un viejo, el mismo viejo ya no está ahí. Desaparecen invisibles como el árbol de la plaza que se arrancó de raíz, la diferencia es que cada una de esas personas no es un árbol, es el centro del mundo, la razón de ser de un país, el motivo de la venida del Hijo de Dios al mundo y una historia herida que tenía derecho a ser reparada (…)”

Maite nunca supo cómo había llegado esa carta a sus manos, ni tampoco por qué le bajó la curiosidad por leerla, “ porque la verdad, a mí no me gusta leer: ni libros ni letreros ni avisos… ¡Nada!”. Lo cierto es que en su casa de origen nunca le habían faltado las cosas. Y después, habiendo formado su propio hogar, jamás tuvieron problemas económicos y sus días se desarrollaban sin sobresaltos y en medio de una vida tranquila. Quizás por eso el escrito del Padre Walker la removió profundamente, hasta que tras noches sucesivas de desvelo, algo la conminó a preguntarse: “ Y ahora… ¿qué hago?”.



Decidida a moverse al respecto, empezó a colaborar en la hospedería del Hogar de Cristo y, viajando desde Vitacura hasta Estación Central, se fue dando cuenta de una realidad que desconocía y que, además, le era completamente ajena. En su trabajo con Pablo, no se le olvidó nunca el día en que tuvieron una conversación y él le dijo: si tú ayudas a sacar aunque sea una persona de la hospedería, ya habrás contribuido lo suficiente… 

Y con eso en mente, salía para allá contenta, sobre todo después de conocer a todos esos hombres que llegaban a alojar al lugar, porque no tenían techo, ni trabajo ni…. Así fue que inició, con estos alumnos ya mayores, un taller de mandalas donde juntos ponían su creatividad y se iban relajando en el camino. Pero este “juego de niños” que los hacía felices tenía un objetivo inmediato muy claro: tapizar todas las paredes de la hospedería con aquellas ideas que concretaban en el taller.

 Y lo lograron. 

Ante esto, como había que buscar otro medio de expresión para este alumnado sui generis, Maite les llevó, de un cerro cercano lleno de maderas botadas en la calle, una tremenda pila para que fueran trabajando, modelando, cepillando, carpintereando, creando objetos domésticos, en fin. Este fue el origen de la Fundación Expreso, en la que han trabajado más de 60 viejos del Hogar de Cristo que hoy se dedican en cuerpo y alma a fabricar tablas de cocina. Naturalmente todo esto implicó para Maite abandonar el negocio de chocolates: su dedicación al  “Taller” fue total y la Fundación Expreso ha sido todo un éxito.. 

Tanto, que allí tienen, qué se creen ustedes, un Niño Símbolo que realmente es un símbolo. Él se llama Nelson y durante años fue ahorrando de sus ventas para poder comprarse sus propios materiales de trabajo, hasta que ya dejó de estar en el Hogar de Cristo y se dedica a cuidar todas las herramientas que utilizan en la Fundación. “Eso me emociona y hace que el esfuerzo valga la pena”.

Y Maite comenta cómo funciona, de hecho, el asunto: “Desde luego, todos los hombres que trabajan conmigo reciben un sueldo y con esa plata pueden hacer lo quieran, es suya y reafirma la dignidad que conlleva hacer bien un trabajo. Incluso, tengo viejos que ya no trabajan por plata pero siguen en esto porque lo hacen bien y tienen talento. Hay algunos, por lo demás, que prefieren que les paguemos una vez al mes, mientras otros necesitan adelantos. Lo importante, sin embargo, es que todos tienen la seguridad de que tendrán en sus propios bolsillos hasta el último peso de las lucas que se ganaron”.

  Parte esencial de esta labor y sus logros es que – obedeciendo a un principio elemental-  en la Fundación decidieron desde un comienzo desterrar el concepto de caridad. ”Me enoja cuando algunas personas me ofrecen el dinero, pero me dicen que no importa, que me quede nomás con la tabla ¡Esa no es la idea!. ¿Dónde reside nuestra dignidad personal, entonces? Los demás tienen que respetar nuestro trabajo.”

Con esta energía fue que Maite tomó un día la gran decisión de hacer algo relevante que contribuyera a una sociedad mejor. “Un día leí una carta; leí tragedia y muerte y… Entonces pensé en mis talentos y en toda esa energía que tengo. Me fui para allá y pudimos empezar sin ningún programa dado. Y es que sabíamos que cualquier cosa que uno haga en este entorno, ya marca la diferencia”.

Más de 12.000 personas viven hoy en situación de calle. Si todos nos atreviéramos…