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Paulina Del Río

Fundación José Ignacio

Premio Mujer Impacta 2019

Publicado Diciembre 15, 2019
Por superadmin

A mí me tocó vivir el suicidio en primera persona. El 2005, mi hijo mayor, José Ignacio se suicidó. Sucedió cuando yo estaba de viaje y me enteré en el aeropuerto al regresar a casa. Había algo dentro de mí que me decía que no viajara, pero decidí hacerlo porque el psiquiatra de mi hijo me lo recomendó, porque José podría sentirse culpable. 

Así que me fui. Después de tres semanas intenté regresar, pero perdí el vuelo y me atrasé un día más. Llegué un domingo y al bajarme del avión, me encontré con el que entonces era mi esposo y eso me pareció extraño. Pregunté qué había pasado y él me dijo que José Ignacio había tenido un accidente, pero yo sabía que no tenía nada que ver con algo de tránsito o alguna cosa de esas… yo ya intuía lo que había sucedido y solo pregunté si estaba vivo. Pero José Ignacio no había sobrevivido. Había muerto el día anterior. 

A partir de ese momento, todo se me vino abajo. La vida comenzó a ser otra después de la partida de José Ignacio. Mi matrimonio se acabó; mis hijos menores apenas podían sobrellevar la muerte de su hermano y a mí me costaba aceptar la idea de que él ya no estaba. Recuerdo que hubo días en los que despertaba como si mi hijo aún estuviera en casa. 

Cada uno vivió el luto a su manera. Entre garabatos, insultos, rabietas y absoluta tristeza, comenzamos a aceptar el hecho de que la familia tenía un miembro menos.

Yo decidí no ocultar el hecho de que José Ignacio se había suicidado. A pesar del estigma social que existe con esta realidad, yo sabía que era una verdad que todos debían enfrentar. Así logré entender, luego de tres meses, que no iba a ver más a mi hijo. Dos años más tarde pude conseguir esa fortaleza que me permitiría comprender lo que había pasado. 

No puedo decir que fue una sola cosa la que me ayudó a salir adelante, creo que fue un conjunto. Recibí menos apoyo del que hubiera querido porque en general, en estos casos la gente sabe muy poco qué se puede hacer. Por otro lado, yo había estado deprimida y la muerte de mi hijo se sumaba, por ello me medicaron. Después de algún tiempo, un psiquiatra me quitó el tratamiento. Me contactaron con un grupo de mamás que perdieron a sus hijos y eso me hizo sentir que no era la única, ni una especie extraña… había otras mujeres que tampoco habían podido hacer algo por su hijo.

Por mucho tiempo me culpé, pero cuando logré aceptar el hecho de que mi hijo había atentado varias veces contra su vida -hasta lograrlo-, comencé a tener otra perspectiva de la situación. Por ello decidí investigar y en el proceso conocí chats y blogs donde personas compartían el deseo se suicidarse y brindaban consejos para hacerlo. Allí me conecté con jóvenes de todo el mundo.

 En uno de esos chats, escribí: Mi hijo se suicidó, no tuvo a nadie que lo escuchara, si quieres hablar con alguien, estoy aquí’. Desde entonces, me empezaron a llegar cuatro o cinco correos a la semana, de distintos países. Me decían que no tenían a quién contar sus cosas o mensajes como: ‘Eres la última persona a la que voy a decir algo en mi vida porque me voy a matar y quiero que alguien lo sepa’. Al principio me ponía histérica, después aprendí a calmarme y contestaba: ‘Gracias por haberme hablado, me imagino que para pensar en suicidarte lo debes estar pasando muy mal, tienes que haber acumulado muchos dolores en tu vida’. Entonces, ya el segundo mail era largo, con toda su historia.

Luego de eso, no me detuve. Las conversaciones trascendieron del correo a un café o a un encuentro en una plaza, o a tomar un helado, e incluso a responder llamadas. Comprendí que detrás de una sonrisa muchas veces se esconde un gran problema; se sufre en silencio. 

Por ello, al ver que me faltaban herramientas, decidí especializarse en técnicas para ser una ayuda real. Así completé varios diplomados y cursos como asistente en intervención de suicidios y entrenadora en crisis. 

Mi vida es otra luego de la muerte voluntaria de mi hijo. Por tal razón vivo llevando su nombre en alto brindándole oportunidades a más personas con la Fundación José Ignacio, donde ofrecemos apoyo gratuito, de la mano de profesionales en psicología y psiquiatría, para intervenir en la prevención del suicidio, capacitar a más especialistas y acompañar a padres y familiares tras la pérdida de un ser querido. 

El suicidio se encuentra entre las 20 causas principales de muerte en el mundo. Un estudio realizado por la Organización Mundial de la Salud, durante los últimos años, demuestra que en promedio, más de 8 millones de personas se suicidan anualmente en todo el planeta (lo que equivale a un suicidio cada 40 segundos). Si tú o alguna persona que conozcas está pasando por una situación que ponga en riesgo su vida, escribe a:  [email protected], ahí queremos escucharte.