Mónica Arteaga

Fundación de Ayuda al Niño Oncológico Casa Sagrada Familia

Premio Mujer Impacta 2020

Publicado Mayo 6, 2021
Por Mujer Impacta

Su vida transcurría con normalidad hasta que la tercera de sus seis hijos se enfermó en 1986. Mónica tenía 30 años y ella cinco. Les costó mucho como familia descubrir su diagnóstico, pero cuando finalmente les informaron que tenía cáncer, la única alternativa de tratamiento que les ofrecieron fue en el Hospital Saint Jude en Memphis, Estados Unidos.

“Por suerte contábamos con un privilegio que muy pocos en Chile tienen: la posibilidad de viajar al extranjero para cuidarla. Ella se realizó un tratamiento de dos años, de los que estuve siete meses sin venir a Chile ni ver a mis otros hijos. Fue un período duro, de incertidumbre y miedo, en un país desconocido, sin saber el idioma y con una mínima comunicación con mis otros niños dado que no existía la tecnología con que contamos hoy”.  

Su prioridad era su hija que estaba con riesgo de vida. Todos sus sentidos y energías los enfocó en su tratamiento y contención. A sus demás niños, con mucho dolor, los tuvo que encomendar a Dios, con la confianza de que estarían bien gracias a la tremenda red de apoyo que fue su familia.

Pasado un tiempo, finalmente pudo hacer una parte de su tratamiento en Chile, a donde viajaba cada nueve semanas. Al momento de terminar el tratamiento de su hija, el año 1988, Mónica quedó en contacto con la unidad de oncología del Hospital Calvo Mackenna y comenzó a ser una especie de voluntaria para acompañar y acoger a mamás que estuvieran enfrentándose a cruzadas similares a la suya. 

Así estuvo hasta 1991, cuando otra dura noticia golpeó a su familia: su marido fue diagnosticado con una leucemia mielodisplásica. Su única posibilidad de cura era realizarse un trasplante de médula ósea, algo que no se hacía en Chile. 

“Nuevamente nos vimos obligados a vivir en Estados Unidos. Nuevamente nos tuvimos que separar como familia. Nuevamente a confiar en los doctores, en Dios, en la vida. Nuevamente, sin saber por cuánto tiempo, tendríamos que estar lejos. Esa vez, no obstante, me enfrentaba a transitar por esta experiencia sola, ya que el que estaba en riesgo de vida era mi marido, quien había sido mi compañero y apoyo durante la enfermedad de mi hija”.

Después de tres años de tratamientos, él pudo reiniciar su vida. Pero después de todas esas experiencias, Mónica, quien daba clases de Matemática en la Universidad Católica, no veía el sentido de volver a enseñar. 

Por eso, se preparó para ser consejera y orientadora familiar. El año 2000 habló con la asistente social del hospital para ofrecer su trabajo en forma voluntaria con cursos y capacitaciones a las mamás de niños con cáncer. 

“Fue entonces cuando ella me dio una noticia que me sorprendió y volvió a dar un vuelco en mi vida: me dijo que lo que más necesitaban era un lugar donde pudieran vivir con sus mamás, los niños de regiones que tienen que venir a Santiago a tratarse”. 

En marzo de 2001 inauguró las dos primeras casas de acogida en las que podían recibir a seis niños. Su mayor sueño era ofrecerles una familia, apoyo, amor, contención, orientación e información cuando no entendieran algo. Al partir con este desafío, Mónica comprendió por qué había vivido todo lo anterior… por qué, como familia, les había tocado enfrentarse a esas situaciones.

“Tras 20 años en esto, contamos con una gran casa de acogida y podemos recibir simultáneamente a 30 niños con su apoderado, pudiendo apoyar a más de 400 familias. Hoy, además, tenemos otra meta: la construcción de un Hóspice pediátrico, único en Chile y América del Sur, donde recibiremos a niños que estén en la etapa final de sus vidas”.