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Pia Salas

Fundación Abrazate

Premio Mujer Impacta 2015

Publicado Diciembre 15, 2019
Por Mujer Impacta

Hace 14 años decidí dejarlo todo para para apoyar y rescatar niños de la calle. Recuerdo que era un lunes 12 de octubre, cuando salí de mi casa rumbo al centro de Santiago. Preocupada, miraba a mi alrededor, buscando a esos niños de quienes tanto se hablaba en televisión. No los encontré, pero sin rendirme seguí mi camino, bordeando el río Mapocho hasta llegar al Puente Bulnes. Ahí vi cómo dos niños cruzaban por debajo junto a unos perros. Me dirigí a ellos. “¿Nos viene a ayudar?”, me preguntaron. Yo los abracé, les sonreí y les dije que sí, emocionada.

Desde ese día mi vida dio un giro radical. Empecé a ir a los puentes los fines de semana y luego con más frecuencia. Formé un pequeño grupo con amigos y poco a poco fuimos llevando el arte a las caletas. Conversábamos con los niños y los acompañábamos para alejarlos de las drogas y la delincuencia. Los llevábamos al cine, a los museos, sacándolos del mundo de las calles.

Mientras la iniciativa tomaba fuerza, mi vida personal comenzó a tener dificultades. En casa no comprendían mi intensa necesidad por ayudar. Mis hijos eran chicos y yo era muy feliz con mi marido, pero, cuando todo comenzó, él tuvo la sensación de que su mujer se le iba a los puentes y, que yo prefería a otros niños y no a mis hijos. No fue fácil para nada.

Estas adversidades sólo serían el principio de un largo camino de alegrías y tristezas. En ese entonces, con 45 años, yo trabajaba en una revista financiera, pero preferí perder ese empleo para poder enfocar todas mis energías en lo que años más tarde se convirtió en Fundación Abrazarte. Mi salud también empeoró debido a un cáncer a la tiroides, por el cual debí someterse a una operación.

Sin embargo, cuando todo empezaba a desmoronarse sucedió algo que tomé como una señal para continuar. Yo decía, ‘pero Dios, qué hago, se me está desarmando todo’. Y entonces un día, mientras acompañaba a uno de los niños a la casa de su familia, una persona me entregó un papel con un versículo, en el que se leía: “Vivirás de fe; y si retrocedieres, no agradará a mi alma”. En ese instante supe que ésa era la respuesta de Dios a mi inquietud y pensé “bien, tú estás en mi negocio y yo estoy en los tuyos, pero protege a mis hijos y a mi familia”.

Desde joven yo había sentido la necesidad de movilizarme por causas sociales. A los 24 años me inscribí como voluntaria del Hogar Santa Clara, fundación que acoge a niños con VIH. Sin embargo, debí retirarme cuando tuve la necesidad de generar recursos para mantenerme. Pese a este revés, mi vocación de servicio la acompañó durante las siguientes décadas.

Mi sueño comenzó a hacerse realidad en 2011, cuando una mañana Felipe Cubillos bajó a la caleta a tomar desayuno con ellos y se comprometió a construir la Escuela Refugio Abrazarte, un lugar donde pudieran buscar sus propios límites y experimentar cosas nuevas, entre ellas, hábitos de horarios y responsabilidades, para luego encontrar un trabajo y llevar una vida independiente.

Actualmente Abrazarte forma parte del programa Calle del Ministerio de Desarrollo Social, lo que les permite beneficiar a jóvenes de la comuna de Santiago, Conchalí y Huechuraba. Realizamos un trabajo integral con las caletas, primero acompañándolos en la calle y luego evaluando quiénes pueden participar en un sistema más formal. Tenemos al 77% de los chicos del río Mapocho fuera y los veo muy bien, me van a visitar y me cuentan sus logros… eso sí que es un cariño al alma.

El reconocimiento de Mujer Impacta me ayudó a sentirme acompañada en mi lucha. Supe que existen otras personas interesadas en el trabajo que hace con los jóvenes en situación de calle. Es no sentirse tan sola en tu camino, sentir que lo estoy compartiendo no solamente con mi familia o amigos, sino también con personas de otros ámbitos.

Años atrás, yo no entendía por qué había jóvenes que históricamente seguían viviendo en las calles, aún con la intervención de profesionales e instituciones como el Sename. Entonces me di cuenta de que había que hacer algo distinto, algo desde el amor. Pero con el paso del tiempo comprendí que no todos están listos para salir de las calles. Sentía que tenía que luchar por todos, quería sacarlos, ser una especie de salvadora. Y resulta que luego de todos estos años, he venido a salvarme yo.

Ya me reconcilié con el pasado. Mis hijos viven con su padre y yo volvió a hacer teatro, a bailar y hallo la paz espiritual que me permite recordar en forma positiva mi matrimonio. 

Entendí que el gran problema que existe es cómo nos miramos unos a otros, si somos capaces de mirarnos como un igual.