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Sandra Corrales

Deportistas por un sueño

Premio Mujer Impacta 2017

Publicado Diciembre 15, 2019
Por Mujer Impacta

Ya desde muy temprano, durante toda su infancia, Sandra Corrales se veía a sí misma como una niña tremendamente movediza, a quien los demás calificaban de “hiperkinética”. De acuerdo a esto y coincidiendo con la observación de sus mayores, no vio para sí otro futuro que en el área del deporte, donde aplicaría sus mejores condiciones y donde sabía que sería feliz. Se decidió entonces por el atletismo, que le calzaba perfecto. Empezó a entrenar duramente y avanzaba, avanzaba… hasta que una lesión inoportuna la obligó a cambiar esta disciplina por el remo. Lindo ritmo, mágico el contacto con el agua, rema que te rema y el espíritu en calma. Pero…apareció el Tentador.

Una mañana, un amigo, una desafiante propuesta: “¿Te atreves a probar tu destreza con el tiro al arco o es demasiado tranquilo para tí?” 

El muchacho no carecía de razón. Vamos viendo: estás en la cancha. Lista la postura: silencio total, concentración, firme el pulso, relajo muscular, tensión en la cuerda (¡detenerse de verdad!). Plantar bien los pies, doblar firmes aunque relajadas las rodillas, atentos pero no tiesos los brazos, ojo con las muñecas y los hombros ( no soy un robot aunque miro fijo sin distracción alguna), tensar el arco, apuntarle al objetivo y ¡ zaz se disparó la flecha!…  Sin pensarlo dos veces, Sandra aceptó el desafío y poco menos que en un suspiro, comenzó la lluvia. Una lluvia persistente de medallas. Primero una, luego la otra… Tantas, que  al final ya no se le ocurría dónde colgarlas. Dedicada ahora tiempo completo al tiro al arco, representó a Chile y le otorgó a su país variados honores en eventos internacionales: más medallas.

Por eso, cuando más adelante empezó a rondarle en la cabeza la idea de hacer algo por los niños imposibilitados de hacer deporte, el primer regalo que salió de sus manos fue esta entrega refulgente a los pequeños que yacían, inmóviles y conectados, en los hospitales. Niños que no tendrían oportunidad alguna de ganar en ninguna cancha del mundo. Menos aún, en la de la Vida. Pero acá tuvieron su condecoración – mucho más merecida-, como un anticipo que haría brillar a su muerte miles de estrellas en el cielo… Y que aquí, en sus camitas, cada uno de ellos vio relucir en la eternidad del instante, las opacas mortajas de sus lechos finales: esto, una estrella y nada más que una estrella, los hizo soñar y sentirse campeones, porque todo lo había conseguido para ellos una campeona de veras. 

Había nacido la Fundación Deportistas por un Sueño, cuyo nombre deriva a su vez de otro sueño. Un sueño recurrente de Sandra: en su imaginario nocturno aparecía un niño laxo, en una camilla llena de cables y tubos que no le permitían dormir. “Se llamaba Albán y yo lo veía noche tras noche, con unos grandes ojos mudos y él mismo, mudo. Tanto me inquietó este sueño, que al fin convencí a un amigo futbolista de que me acompañara a un hospital infantil: tenía que regalarles a niños como ese todas mis medallas. Al entrar a la sala, en la primera cama y conectado a una máquina, había uno que tenía ese nombre: Albán. (VER APELLIDO JAVIERA PLEASE)…Albán. Fue impresionante.” 

 Y después de esto, Sandra no paró nunca más: reunió a todos sus amigos deportistas y los convenció de realizar juntos determinados eventos en los centros de salud dedicados a estos casos. Al poco andar, ya estaban organizados para ayudar a todos los niños con enfermedades crónicas, catastróficas y terminales…¡Sin olvidar detalle! Ni siquiera aquello en lo que nunca se piensa: lo que viene “después”. Vale decir, hacerse cargo del servicio funerario, una vestimenta decente para el día de su fallecimiento, las pensiones de gracia para la familia, vivienda, recreación, etc.

¡Había tanto que hacer! Obviamente, para llevar a cabo esta idea hasta la meta – y con la eficiencia que ella llevaba en las venas desde sus inicios deportivos -, se requería de una dedicación total.

Y Sandra se retiró de las canchas.

Actualmente, ella debe haber visto partir a más de 350 niños, cada uno de los cuales ha tejido con ella más que un pedazo de su historia. “Algunos murieron en mis brazos; por otros, luché incansablemente hasta conseguirles fecha y lugar y posibilidad de operación.”

 También estaban las madres: con más de alguna había que golpear las puertas adecuadas para conseguirles un Hogar donde vivir: no tenían nada. Sólo el suelo de la calle y el techo de las nubes o la borrasca en el cielo. Nada… y sus hijos iban a morir. Hubo un caso, el primero, en que la ayuda conseguida con ciertas instituciones llegó demasiado tarde: el hijo de esa madre murió y ella ya no necesitaba asistencia.” 

 Lo cierto es que, como bien lo dice Sandra,  “detrás de cada niño terminal hay una familia y a esa familia hay que devolverle la dignidad. Porque a los niños no hay que llorarlos cuando mueren, a los niños hay que honrarlos”. 

¿Y qué mejor honor para un niño yaciente que recibir, de sus propias manos, las medallas que han ganado los campeones en esa otra cancha?